La abuela

Cuando el funcionario encargado de la renovación del Documento Nacional de Identidad le pidió que firmase, ella con un poco de vergüenza le dijo que era “alfabeta”, que no sabía juntar las letras. Él, con una mueca despectiva, se limitó a escribir en el recuadro destinado a la firma “no sabe”.

Se había pasado la vida rotulando el campo, sembrando y recogiendo, atendiendo las necesidades de la casa, de su hombre y de sus hijos.

Era capaz de juntar el chorizo con el tocino y la morcilla; el repollo con las zanahorias, un puerro y unas patatas; algunos huesos, un poco de gallina y otro poco de vaca, todo de lo barato, para orquestarlo con unos garbanzos a fuego lento en agua durante horas en las que no dejaba de vigilar, y así generar un poema de sabores que hacía llorar de gusto a la familia.

Escribía entre las líneas abombadas de pucheros y sartenes, su prosa y su  poesía, que siempre era “leída” y festejada. Ni uno solo de aquellos renglones caía en el olvido. Sus hijos se los sabían de memoria y los recordarían toda la vida.

Quienes le dijeron que era “alfabeta”, fueron los que quizás no tuvieron la oportunidad de disfrutar las obras que era capaz de escribir.

2 comentarios:

  1. Un microrrelato entrañable y muy bien escrito. La dureza de la vida del campo y de quienes no han tenido ocasión de "alfabetizarse" tiene otras formas de expresar la humanidad que se lleva dentro.
    Un abrazo.

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  2. Gracias, creo que en la vida hay muchas cosas valorables que nos pasan desapercibidas simplemente porque no hemos cultivado la sensibilidad adecuada...

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