Eutanasia

Observaba el suelo cementado del jardín de la cárcel-chalet familiar en donde forzosamente había de pasar los veranos. Siempre le habían llamado la atención el trajín que se traían las hormigas y sus erráticos desplazamientos, le hubiera gustado descubrir algún sentido a sus locas carreras.

Aquel día algo distinto aconteció ante sus ojos. Una hormiga, de las más grandes, estaba herida de muerte a juzgar por su abdomen aplastado y pegado contra el cemento. La pobre movía el medio cuerpo que le quedaba tratando de despegarse con las patas, agitaba su cabeza y sus antenas.

Seguramente algún miembro de la familia habría sido el inconsciente autor del pisotón asesino.

Como observador, se dijo a sí mismo que no debía intervenir en los sucesos de la Naturaleza aliviando aquel sufrimiento por la vía rápida.

No tardó mucho en aparecer otra hormiga del mismo tamaño que la víctima, no se sabía si del mismo hormiguero y categoría. Contactó con la aplastada por medio de las antenas, en una especie de fricción salutatoria, la inspeccionó dando varias vueltas en torno a ella, la cosa se prolongó un rato y después se paró testuz contra testuz en lo que parecía esgrima de antenas.

Que la cosa era seria resultaba evidente a todos los presentes.

De repente la aplastada bajo la cabeza, y la otra con sus fuertes mandíbulas le propinó un mordisco en la nuca con lo que dejó de moverse.

La agresora le dio un par de vueltas a la aplastada, como de reconocimiento, y debió de dar por concluida su misión cuando se marchó.


Fue una lección de compasión, si es que las hormigas pueden sentir algo parecido.

2 comentarios:

  1. Dicen que la naturaleza es sabia. Pensemos, pues, que la hormiga "agresora" actuó como debía. Alguien tenía que hacer algo, pienso yo.
    Un estupendo cuento con moraleja.
    Un abrazo.

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  2. Gracias Josep Mª. La relación de los humanos con la Naturaleza resulta muy complicada. Los animales siempre nos están dando lecciones, pero no acabamos de aceptarlas...

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